Perfil de Neil Armstrong el primer humano que pisó la Luna - ElTiempo.com
Neil Armstrong fue un hombre de hielo. Lleno de la sangre fría necesaria para decidir viajar a la Luna sin estar seguro de su regreso a la Tierra. "Nos dijeron que había un 10 por ciento de posibilidades de no volver a casa", contó alguna vez. (Vea acá una galería fotográfica de Neil Armstrong).
Una de las 'marcas registradas' de esta celebridad, fallecida el sábado a los 82 años, fue su profundo recelo a hablar de su hazaña, sobre todo frente a la prensa. Reg Turnill, autor del libro Los alunizajes: el relato de un testigo, lo describe como un hombre solitario. "Se cansó de que le preguntaran qué se siente haber sido el primer hombre en la Luna y dejó de dar entrevistas. De todos los astronautas, era el más huraño. Era un cerebrito", afirma.
Sin embargo, en mayo pasado rompió su silencio habitual en una reunión de contadores en Australia, a donde fue invitado por la empresa auditora CPA. Después se supo que contar detalles de la histórica misión, lejos de Estados Unidos y sin ingenieros aeronáuticos a su lado, había sido un homenaje a su padre, un auditor que le inculcó el amor por el aire y los aviones cuando tenía apenas 6 años.
Lindbergh fue su héroe
Armstrong, ingeniero aeronáutico, piloto y astronauta, nació el 5 de agosto de 1930 en el pueblo de Wapakoneta (Ohio). En la adolescencia, su héroe fue el aviador Charles Lindbergh -el primero en atravesar el Atlántico sin escalas-, y antes de los 18 ya volaba, incluso antes de conducir un auto.
En 1949, ingresó a la Marina, donde prestó sus servicios hasta 1952. Se graduó en Ciencias e Ingeniería Aeronáutica en la Universidad de Purdue (Indiana) y más tarde recibió una maestría en Ingeniería Aeroespacial de la Universidad de Carolina del Sur.
Inició sus contactos con la Nasa en el Centro de Investigaciones Lewis, en Ohio, donde trabajó como piloto de pruebas desde 1955.
En 1962, fue admitido como astronauta. Fue suplente de la tripulación del Géminis 5 y organizador de vuelos espaciales tripulados, para pasar luego al equipo de alunizaje. Durante su primer viaje al espacio, en una misión previa a la que lo inscribiría en la historia (Géminis 8), Armstrong logró corregir la rotación de una cápsula espacial y salvar su vida y la de su copiloto. Aunque
su timidez lo hacía casi taciturno, era un comandante natural.
Su arrojo le mereció estar en el grupo élite seleccionado para cumplir la promesa del presidente John F. Kennedy de poner un hombre en la Luna para fines de esa década. Había una gran motivación: en plena Guerra Fría, los estadounidenses estaban decididos a superar a los soviéticos, que les llevaban la delantera fuera de la atmósfera, pues habían enviado el primer satélite (Sputnik) en 1957 y luego, en 1961, pusieron al primer hombre en el espacio (Yuri Gagarin).
Un mes antes de la fecha del lanzamiento, efectuado el 16 de julio de 1969, Armstrong y sus compañeros decidieron que tenían la suficiente confianza para intentar el descenso.
"Los jefes preguntaron: '¿Crees que están listos?' Les dije que estaría bien disponer de un mes más, pero que se trataba de una carrera y teníamos que aprovechar la oportunidad. Tuve que decir que estábamos listos para partir", confesó.
En la reunión de mayo con contadores australianos, relató que esa naturalidad para manejar la presión y el peligro salvó la misión del Apolo 11. "Durante los 12 minutos del descenso, nos dimos cuenta de que el piloto automático del módulo lunar Eagle (Águila) se disponía a aterrizar la nave sobre la ladera de un enorme cráter lunar de 100 ó 150 metros de diámetro -recordó-, con pendientes muy escarpadas y cubiertas de piedras de gran tamaño".
Como era una pésima ubicación, Armstrong tomó los controles de la nave y la aterrizó, como si fuera un helicóptero, en el Mar de la Tranquilidad, una zona plana, cuando les quedaba combustible para 20 segundos de vuelo. "Acababa de comprobar una advertencia que nos lanzaron un mes antes de viajar: que iba a tener un 50 por ciento de opción para llevar a cabo el aterrizaje en el primer intento", diría años después.
En relación con las inmortales palabras que pronunció cuando dejó plasmada su huella en la Luna ("es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad"), Armstrong confesó en muchas ocasiones que no había pensado en pronunciarlas hasta después de haber aterrizado con seguridad: "Fue algo especial y memorable, pero instantáneo, porque había mucho trabajo para hacer. No estábamos allí para meditar.
Estábamos allí para hacer las cosas, así que nos pusimos en ello".
Con la misma frecuencia con la que le preguntaron qué se sentía estar en la Luna, a Armstrong también lo acosaron con la versión de una supuesta falsificación del alunizaje, que aún hoy muchos siguen defendiendo -dicen que todo se grabó en un estudio en el desierto de Arizona- con argumentos como que, al no haber atmósfera, se esperaría que las estrellas fueran más brillantes en las tomas logradas desde el módulo, y que era imposible ver ondeando la bandera de Estados Unidos en el asta plantada en la superficie de la Luna, debido a la ausencia de viento.
Frente a esto, Armstrong respondía siempre con la misma sangre fría: "La gente ama las teorías de la conspiración. Quiero decir que son muy atractivas, pero nunca implicaron un problema para mí, porque sé que un día alguien va a volar de nuevo hasta la Luna y recogerá la cámara que dejé allí".
Con información de AFP, EFE y Reuters.
Testimonio
Solo estaba a gusto entre sus amigos y su familia
Conocí a Neil Armstrong en junio del 2009, en los 40 años del alunizaje, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), la universidad más influyente en el desarrollo del programa lunar.
Estaba junto a los demás arquitectos de esa odisea: directores de vuelo, astronautas, creadores del módulo de alunizaje y diseñadores del célebre sistema de guía por computador de las cápsulas Apolo.
A diferencia de las pocas apariciones frente a los medios, en las que nunca se sintió a gusto, estaba relajado, al lado de viejos colegas y recordando buenos tiempos, sin asomo alguno de mala salud. "El Presidente y su gabinete no estaban muy seguros de que la Nasa sería capaz de hacer el trabajo. Se necesitó de ingenieros consumados, de esos capaces de poner los datos concisos sobre la mesa, distintos del lenguaje de la politiquería de Washington, para hacerlos entender. Cuando lo hicimos, nos dimos cuenta de que habíamos logrado construir una catedral de Chartres, un proyecto que unió a mucha gente", comentó ese día.
Armstrong recordó cómo algunos de los interruptores de la cabina del módulo de alunizaje no funcionaban en gravedad cero: "Eso nos enseñó a no tomar nada por sentado, pero al final ese módulo nunca nos falló. Fue un vehículo asombroso". 'Buzz' Aldrin, su compañero de caminata lunar, describió a Armstrong en ese momento como alguien que siempre estaba a gusto entre su familia, personal y profesional. "Yo le he hablado de que para ser alguien que no quiere llamar la atención, ¡escogió una mala profesión!", bromeó. Terminada la charla, logré acercarme a Armstrong para estrecharle la mano. Le pregunté sobre sus audiencias ante el Congreso estadounidense, previas a la luz verde para el programa Apolo. Me contestó con una firme mirada. "Lo primero que les dije fue: '¿Saben lo que van a aprender de nosotros? Lo difícil que es ir a la Luna' ", me contestó.
ÁNGELA POSADA-SWAFFORD
Para EL TIEMPO
Neil Armstrong fue un hombre de hielo. Lleno de la sangre fría necesaria para decidir viajar a la Luna sin estar seguro de su regreso a la Tierra. "Nos dijeron que había un 10 por ciento de posibilidades de no volver a casa", contó alguna vez. (Vea acá una galería fotográfica de Neil Armstrong).
Una de las 'marcas registradas' de esta celebridad, fallecida el sábado a los 82 años, fue su profundo recelo a hablar de su hazaña, sobre todo frente a la prensa. Reg Turnill, autor del libro Los alunizajes: el relato de un testigo, lo describe como un hombre solitario. "Se cansó de que le preguntaran qué se siente haber sido el primer hombre en la Luna y dejó de dar entrevistas. De todos los astronautas, era el más huraño. Era un cerebrito", afirma.
Sin embargo, en mayo pasado rompió su silencio habitual en una reunión de contadores en Australia, a donde fue invitado por la empresa auditora CPA. Después se supo que contar detalles de la histórica misión, lejos de Estados Unidos y sin ingenieros aeronáuticos a su lado, había sido un homenaje a su padre, un auditor que le inculcó el amor por el aire y los aviones cuando tenía apenas 6 años.
Lindbergh fue su héroe
Armstrong, ingeniero aeronáutico, piloto y astronauta, nació el 5 de agosto de 1930 en el pueblo de Wapakoneta (Ohio). En la adolescencia, su héroe fue el aviador Charles Lindbergh -el primero en atravesar el Atlántico sin escalas-, y antes de los 18 ya volaba, incluso antes de conducir un auto.
En 1949, ingresó a la Marina, donde prestó sus servicios hasta 1952. Se graduó en Ciencias e Ingeniería Aeronáutica en la Universidad de Purdue (Indiana) y más tarde recibió una maestría en Ingeniería Aeroespacial de la Universidad de Carolina del Sur.
Inició sus contactos con la Nasa en el Centro de Investigaciones Lewis, en Ohio, donde trabajó como piloto de pruebas desde 1955.
En 1962, fue admitido como astronauta. Fue suplente de la tripulación del Géminis 5 y organizador de vuelos espaciales tripulados, para pasar luego al equipo de alunizaje. Durante su primer viaje al espacio, en una misión previa a la que lo inscribiría en la historia (Géminis 8), Armstrong logró corregir la rotación de una cápsula espacial y salvar su vida y la de su copiloto. Aunque
su timidez lo hacía casi taciturno, era un comandante natural.
Su arrojo le mereció estar en el grupo élite seleccionado para cumplir la promesa del presidente John F. Kennedy de poner un hombre en la Luna para fines de esa década. Había una gran motivación: en plena Guerra Fría, los estadounidenses estaban decididos a superar a los soviéticos, que les llevaban la delantera fuera de la atmósfera, pues habían enviado el primer satélite (Sputnik) en 1957 y luego, en 1961, pusieron al primer hombre en el espacio (Yuri Gagarin).
Un mes antes de la fecha del lanzamiento, efectuado el 16 de julio de 1969, Armstrong y sus compañeros decidieron que tenían la suficiente confianza para intentar el descenso.
"Los jefes preguntaron: '¿Crees que están listos?' Les dije que estaría bien disponer de un mes más, pero que se trataba de una carrera y teníamos que aprovechar la oportunidad. Tuve que decir que estábamos listos para partir", confesó.
En la reunión de mayo con contadores australianos, relató que esa naturalidad para manejar la presión y el peligro salvó la misión del Apolo 11. "Durante los 12 minutos del descenso, nos dimos cuenta de que el piloto automático del módulo lunar Eagle (Águila) se disponía a aterrizar la nave sobre la ladera de un enorme cráter lunar de 100 ó 150 metros de diámetro -recordó-, con pendientes muy escarpadas y cubiertas de piedras de gran tamaño".
Como era una pésima ubicación, Armstrong tomó los controles de la nave y la aterrizó, como si fuera un helicóptero, en el Mar de la Tranquilidad, una zona plana, cuando les quedaba combustible para 20 segundos de vuelo. "Acababa de comprobar una advertencia que nos lanzaron un mes antes de viajar: que iba a tener un 50 por ciento de opción para llevar a cabo el aterrizaje en el primer intento", diría años después.
En relación con las inmortales palabras que pronunció cuando dejó plasmada su huella en la Luna ("es un pequeño paso para el hombre, pero un gran salto para la humanidad"), Armstrong confesó en muchas ocasiones que no había pensado en pronunciarlas hasta después de haber aterrizado con seguridad: "Fue algo especial y memorable, pero instantáneo, porque había mucho trabajo para hacer. No estábamos allí para meditar.
Estábamos allí para hacer las cosas, así que nos pusimos en ello".
Con la misma frecuencia con la que le preguntaron qué se sentía estar en la Luna, a Armstrong también lo acosaron con la versión de una supuesta falsificación del alunizaje, que aún hoy muchos siguen defendiendo -dicen que todo se grabó en un estudio en el desierto de Arizona- con argumentos como que, al no haber atmósfera, se esperaría que las estrellas fueran más brillantes en las tomas logradas desde el módulo, y que era imposible ver ondeando la bandera de Estados Unidos en el asta plantada en la superficie de la Luna, debido a la ausencia de viento.
Frente a esto, Armstrong respondía siempre con la misma sangre fría: "La gente ama las teorías de la conspiración. Quiero decir que son muy atractivas, pero nunca implicaron un problema para mí, porque sé que un día alguien va a volar de nuevo hasta la Luna y recogerá la cámara que dejé allí".
Con información de AFP, EFE y Reuters.
Testimonio
Solo estaba a gusto entre sus amigos y su familia
Conocí a Neil Armstrong en junio del 2009, en los 40 años del alunizaje, en el Instituto Tecnológico de Massachusetts (MIT), la universidad más influyente en el desarrollo del programa lunar.
Estaba junto a los demás arquitectos de esa odisea: directores de vuelo, astronautas, creadores del módulo de alunizaje y diseñadores del célebre sistema de guía por computador de las cápsulas Apolo.
A diferencia de las pocas apariciones frente a los medios, en las que nunca se sintió a gusto, estaba relajado, al lado de viejos colegas y recordando buenos tiempos, sin asomo alguno de mala salud. "El Presidente y su gabinete no estaban muy seguros de que la Nasa sería capaz de hacer el trabajo. Se necesitó de ingenieros consumados, de esos capaces de poner los datos concisos sobre la mesa, distintos del lenguaje de la politiquería de Washington, para hacerlos entender. Cuando lo hicimos, nos dimos cuenta de que habíamos logrado construir una catedral de Chartres, un proyecto que unió a mucha gente", comentó ese día.
Armstrong recordó cómo algunos de los interruptores de la cabina del módulo de alunizaje no funcionaban en gravedad cero: "Eso nos enseñó a no tomar nada por sentado, pero al final ese módulo nunca nos falló. Fue un vehículo asombroso". 'Buzz' Aldrin, su compañero de caminata lunar, describió a Armstrong en ese momento como alguien que siempre estaba a gusto entre su familia, personal y profesional. "Yo le he hablado de que para ser alguien que no quiere llamar la atención, ¡escogió una mala profesión!", bromeó. Terminada la charla, logré acercarme a Armstrong para estrecharle la mano. Le pregunté sobre sus audiencias ante el Congreso estadounidense, previas a la luz verde para el programa Apolo. Me contestó con una firme mirada. "Lo primero que les dije fue: '¿Saben lo que van a aprender de nosotros? Lo difícil que es ir a la Luna' ", me contestó.
ÁNGELA POSADA-SWAFFORD
Para EL TIEMPO